Intentos ideales

Intentos ideales

A quien lea, recomiendo apoyar la lectura de esta confesión con la siguiente selección instrumental:

Petricor - Ludovico Einaudi, Daniel Hope

Dance For Me Wallis - Abel Korzeniowski


Intentos ideales

Traté ser actriz,

me apasionó,

no funcionó.


Traté ser abogada,

lo intenté

no funcionó.


Intenté algo de psicología

no sé si no funcionó,

sino más bien un “todavía no”.


Quise ser un modelo de amiga,

tampoco funcionó.


Un modelo de hija,

ese fue el que más me costó.

¿y adivinen qué? Tampoco rindió.


También intenté ser una novia ideal

¿y por sorpresa de todos? Digamos que….. tampoco funcionó.


Puede que, quizás, me haya percatado que aquel mar de imágenes ilusorias no era más que una forma de escapar y que, "intentar" es, en realidad, un grito desesperado de nuestro inconsciente exclamándonos "no quiero". ¿Por qué he llegado a esta conclusión? Porque todas las veces que "intenté" había algo interno que no quería, que se frenaba, que se revelaba ante tal identificación absoluta. Algunos lo llamaran creencias limitantes, otros mecanismos de defensa de nuestro inconsciente. ¿Yo? Yo lo llamo un tirón del alma suplicándome que deje de intentar seguir modelos e ideales que no me representan. 

En mi planeta de imágenes fui todas aquellas que creí poder ser, creyendo que en cada una podría encontrar el elixir de lo que alguna vez soñé: ser amada, respetada, admirada, vista, completa. Ser todas las ensoñaciones posibles, habidas y por haber. 

De ahí, pienso yo, me rendí a un baile infinito de disfraces: entre lo que soy y no soy, entre lo que muestro y lo que oculto, entre la herida y el don, entre mirarte y alejarme, me gustan las dos… ¿soy las dos? ¿o hay algo de mí que no se atreve a enfrentar el verdadero yo?

Siempre fui experta en saber qué necesitaban los demás: sus conductas, comportamientos, miradas, lo que decían y aún más… aprendí de lo que no decían. Me convertí en un panóptico emocional: ver todo y aparentar no ver nada a la vez. Esto, pienso en voz alta, me permitía seguir ejerciendo un falso control para continuar buceando en mi mundo de imágenes. 

Hasta que, hace no mucho tiempo atrás, todas esas imágenes me ahogaron. Mi propia creación explotó. Me desperté un día sin querer seguir usando un disfraz, dejar de perseguir formas que no me pertenecían y miradas que no me representaban. La desilusión recorrió mi sangre, mis venas y hasta mi mirada. ¿Había construido un castillo de arena? En parte si, en parte no.

Tampoco todo lo que he construido ha sido una imagen o, “portada”, como les ahondaré pronto. Es más, mucho de lo que soy hoy es mas autentico de lo que demostrado en cualquier otro momento. Me debo más a lo que no fui que a lo sí. O, por lo menos, mis mejores aprendizajes provienen de darme cuenta lo que no soy. El famoso “no” que te lleva a tu sí. 

En un acto de honestidad radical, me parece acto de libertad exclamarles mi verdad actual:

La imagen es atractiva, sensual, sedante… hasta que la torre se rompe y te das cuenta que esa idealización no hacía más que esquivarte.

El ideal te corrompe, te ata, aprisiona, te amarra cual masoquista mientras absorbe tu inocencia, tu capacidad real de disfrute y te convierte en un digno hedonista de una verdad basada en humos y espejos. El ideal, tarde o temprano, tiene un objetivo: defraudarte. Y ojo que eso te lo dice una gran (ex) amante del ideal. 

Por eso quizá me encuentro en un baile casi romántico, casi tirante, de esta nueva realidad. Hoy le dije a una gran amiga: “estoy en tierra desconocida, no sé muy bien cómo se habla este nuevo lenguaje. Me resulta atractivo y a la vez atemorizante”

Se preguntarán: ¿De qué lenguaje hablas?

Y, aunque no se lo pregunten, igualmente se los respondo:

El idioma de la verdad. No la verdad filosófica, ni la verdad original. Hoy no vengo a profundizar en esa temática. Hay una verdad interna, una brújula que tenemos todos. Algunos mas apagada, otros más prendida. Pero, que la tenemos todos, la tenemos. Bueno, a mi brújula la apague bastaaaante tiempo. O, mejor dicho, elegí mantenerla apagada. La escuchaba, me susurraba, me hablaba a través del cuerpo y, si no le hacía caso, lo hacía a través de mis sueños. Aún así, decidí silenciarla. Hoy lo veo como un acto represivo, un abuso constante a mi propia autoridad. 

Por eso ahora volví, después de muchos años, a esta tierra. No la conozco. Esta llena de preguntas. Todo es nuevo. Todo es distinto. Vengo de un lugar en el que hay reglas para cada cosa, de ahí a que no tengas que pensar y que todo lo distinto, lo contrario a lo clanico (aquel lugar de pertenencia, esa costumbre simbiótica que nos hace retornar a lo conocido), se consideraba un acto de traición. Quizá por eso, en aquel lugar, dejé de preguntar y simplemente asumí. Asumir te condenada a vivir encerrado en un cubículo sin escapatoria. Solo existe una opinión y todo lo que la contradiga se sepulta en el cementerio de suspiros, silencios y obediencia desmedida.  

Uff, pero le faltaba pasión a esas tierras. Le faltaba desorden, juego, diversión. Y mi alma, domada a la fuerza por mi identidad, me hablaba cada vez más. ¿Cómo no iba a hacerlo si ella siempre fue inquieta y algo desordenada, juguetona y curiosa? Aun así, decidí seguir reglas ajenas, negarla durante un largo rato y asumir compromisos que de portada parecían ideales pero que de contenido se quedaban cortos…

La portada es nuestra imagen. El contenido… nuestra verdad. 

En este nuevo planeta he descubierto que tengo la gran capacidad para diferenciar la portada de los contenidos. En mi opinión, hay personas portada y personas contenido y, a su vez, hay quienes han logrado encontrar un armónico punto en común entre ambos. A eso lo llamo: coherencia. 

La coherencia no te vende, ES. La coherencia dice que si al si y no al no. La coherencia es simple, no da vueltas ni trata de impresionar. Te permite ser quien queres ser a cada momento y, consecuentemente, permitís ser al otro en cada momento. Es una reciprocidad. La coherencia entiende que uno se permite aquello que permite al otro y que, cuando hay molestia por lo que pasa afuera, habla más de una limitante propia que de un factor externo. 

Ser coherente es no fallarle a tu verdad. Dejar de alimentar los fantasmas de la duda y los relatos de lo que debería ser. Ser coherente es un acto revolucionario, una osadía en un mundo tan condicionado.

Si bien hoy aparentaría existir más “libertad” que en cualquier otro momento de la historia, andamos cada vez más estereotipados y cegados por la verdad de lo que debería ser. Ni hablar de las múltiples opciones que hay para todo que, a su vez, han aumentado nuestra indecisión en cada acto que llevamos a cabo y, consecuentemente, nos hemos vueltos mas irresponsables de nuestro propio accionar y vendemos nuestra autonomía a cambio de un like. Hemos idolatrado una idea de libertad sin compromisos y la búsqueda de una felicidad vacía de sentido. 

Por eso me resulta atractivo el contenido mas que la portada…. Porque quizá he sido portada mucho tiempo y no le he dado lugar a mi contenido y porque, a su vez, he conocido muchas portadas que eran incongruentes con su contenido. Y eso, tarde o temprano, se nota. Hay que tener mucho coraje para ser coherente con lo que nos dicta nuestra brújula emocional. 

Puede que por esa misma razón valoro más un “no sé” que una respuesta dogmática. Esas que parecen sacas de manual, practicas puertas pa´ dentro pero que les falta corazón. Del dogma he aprendido que no hace mas que encarcelarte en una prisión sin sentido, en una idea que te ahorca, asfixia y te deja un buen rato tirado en el piso. En algo que practicas constantemente en tu cabeza y te lo repetís como si fuese una historia verdadera, única y final.

La cárcel del dogma contiene el habito de una historia que repetimos. Quizá por eso nos seduce tanto aún así terminemos sin una gota de aire. 

Retomando el principio, les contaba que fui muchas cosas… y ninguna funcionó. En realidad, voy a corregirme: todas funcionaron… solo fui yo la que se desconectó, la que dejo de elegir eso, la que buscó otros horizontes…. En una búsqueda implacable de mi yo. Perseguí fantasmas, imágenes, ídolos… y siempre terminaba de la misma forma: desilusionándome. En esa búsqueda por sentirme amada a través de un reconocimiento iba vendiendo fragmentos de mi alma. Cada sí al otro era un no hacia mí, cada mentira piadosa se convertía en una leve traición hacia mi persona. Hacia afuera yo siempre estaba bien…. puertas pa´ dentro, en lo más recóndito de mi ser y mi terapia, sabía lo que estaba pasando.

He aprendido más de la desilusión que otra cosa en mi vida. Lo falso se cae por su propio peso. De ahí, creo yo, al verme abandonando espacios que creería que corresponderían a ese encuentro excitante: sentirme, finalmente, ocupando mi lugar. 

Ja, ¿Cómo podría ocupar algo que siempre abandonaba, ¿no?

En esta nueva tierra me doy cuenta que no tuve ni un fracaso ni una pérdida: todo para mí es ganancia. Como les comenté: he aprendido más de lo que dejé de ser que de lo que sí. O, por lo menos, esta alma optimista decide verlo y sentirlo así. 

La mayor decepción que he tenido no es con un otro sino conmigo respecto a otro. Me ha roto en pedazos no poder seguir manteniendo la imagen de lo que fui en algún momento y tener que despedirme de aquello. Cabe aclarar algo importante: en ningún momento sostuve conscientemente algo que creía que no era. No, todo lo contrario: yo juraba que sabía quién era. De ahí a sostener lo insostenible, a aferrarme a una imagen ya vencida y poco representativa. 

Cuando vivís bailando en un mundo de máscaras, un cuerpo desnudo te puede resultar aún más atemorizante que respirar una vida llena de disfraces. 

El primer chico que me gustó y, me rompió el corazón (o así me gusta decorarlo en este momento pues no rompió nada), me dijo una frase que me acompaña hasta el día de hoy: “Uno nunca termina de conocer a las personas”

Si, así de simple. Esta frase me da entre un respiro y un temor ferviente. La podemos observar desde 2 lugares: por un lado, como un acto de curiosidad plena e infinita hacia un otro o, por otra parte, como una desconfianza que no nos dejará dormir pues este otro puede estar ocultándonos algo constantemente…¿o no?

Bueno, yo creo que es un poco y un poco. Me resulta atractivo saber que siempre hay algo más para conocer de los demás, así como también saber que no todos demuestran quienes realmente son. Tampoco veo la obligación de hacerlo. Solo invoco a este pensamiento si la portada no coincide en lo absoluto con el contenido. No olvidemos algo: somos humanos y, naturalmente, contradictorios. 

Por todo esto que te cuento a vos que me estas leyendo del otro lado, y por todas las ramificaciones que hice a lo largo de este relato, es que vengo casi como una confesión a expresarte lo siguiente:

Si perseguir una imágen, tal como hice yo, te está resultado algo caduco, pesado, errático…

Entonces, ¿Qué estas esperando que se rompa en tu vida para empezar a encarnar tu verdad?

Y, si todavía no sabes cuál es tu verdad, también te invito a repensar qué de todo lo que haces, vivís y sentís al día de hoy realmente te representa y qué comportamientos de tu persona se sienten como un saco heredado que te pide ser regalado. 

Querido lector, esto ha sido todo por la noche de hoy. Espero que mis pensamientos no te atormenten sino que sean la gota de un pensamiento colgado. Si, colgado, dado vuelta, al revés... porque mi mundo, últimamente, me gusta mirarlo al revés. 

 

Atte.,

Bruja,

Jabru,

o, simplemente, Abril.-


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